Nadie me conoce.
Ni si quiera mis amigos.
Nadie sabe lo que pienso
más allá de loq ue digo.
Nadie sabe que llueve,
sólo llueve dentro mío,
y cuando el llanto se seca
el dolor sigue conmigo.
Esta noche me oscurece
y me desnuda con su frío.
Sus estrellas no me guían,
sin embargo, yo las miro
tan callado como un muerto,
tan sufriente como un vivo...
Soy apenas un recuerdo
caminando hacia el olvido...
miércoles, 22 de junio de 2011
Dejo mi palabra
Dejo mi palabra en este mundo sordo
como quien deja su cuerpo en un mar contaminado
en busca de algún pez oscurecido, viejo amigo,
alguna lágrima de luz de aquél cielo lejano.
Dejo mi palabra, con la sangre de mis labios
mordidos por el hambre y la desesperanza.
Dejo mi palabra y todo el aire de mi pecho,
todo el aire manoseado por todos los fantasmas.
Y me callo, en paz, dormido como un árbol
en esta noche triste, después de un día largo.
Dije todo lo que pude. En el otoño, suelto
el corazón podrido que cuelga de mi mano.
como quien deja su cuerpo en un mar contaminado
en busca de algún pez oscurecido, viejo amigo,
alguna lágrima de luz de aquél cielo lejano.
Dejo mi palabra, con la sangre de mis labios
mordidos por el hambre y la desesperanza.
Dejo mi palabra y todo el aire de mi pecho,
todo el aire manoseado por todos los fantasmas.
Y me callo, en paz, dormido como un árbol
en esta noche triste, después de un día largo.
Dije todo lo que pude. En el otoño, suelto
el corazón podrido que cuelga de mi mano.
Un largo viaje
- Abuelo, ¿Por qué estás siempre así, acostado?- le pregunté.
- Y… eh… es que estoy cansado, cansado de trabajar… trabajar es aburridísimo, ¿no?
Me respondió, mirándome con su rostro arrugado y sonriente. “¡Con razón!”, pensé, “Después de tantas horas de trabajo por día, durante tantos días, meses, años y más años, iba a llegar un momento en que se cansaría de hacer siempre lo mismo; y éste era un buen momento para descansar tooodo lo que trabajó, y dedicarse a cosas más importantes, como escuchar la radio, comer y ser feliz.”.
Mi abuelo miró el techo y masculló palabras cortas, hablando consigo mismo.
- … es aburridísimo… por eso, cuando crezcas, tratá de vivir de lo que te guste. ¿Vos qué vas a ser cuando seas grande?
- ¡Profesor y caricaturista!- respondí con entusiasmo.
- ¡Jaja! ¡Claro que lo serás! ¡Ése es mi nieto!- y me despeinó con su mano temblorosa- Ése es mi nieto…
y volvió a recostarse sobre su almohada, mirando el techo con sus ojos lacrimosos.
Me tomó la mano levemente.
- Mirá, que dormir todo el tiempo también es aburrido. Pero no va a ser siempre así, nomás por unas semanas, hasta que recupere todas mis energías. Un día de éstos me voy a levantar, y me iré de vacaciones… viajaré a… a…
Soltó mi mano, y estiró su brazo para levantar la persiana. Señalaba en lo alto del cielo.
- ¡Allá! ¡A la luna!… ya me viste trabajando en la carpintería, y también cómo arreglé el televisor, el lavarropas… bueno, herramientas no me faltan, y la cabeza tampoco: ¿Por qué no podría construir una hermosa Nave Espacial?...
Contemplábamos cómo la luna se asomaba entre las nubes, brillante y misteriosa. Mi abuelo empezó a contarme historias fantásticas, de marcianos, de ciudades ultramodernas, bosques de hojas plateadas y mamíferos de siete patas.
- … pero todavía no te podré llevar allá: sos muy chiquito, y tendrás que aprender muchísimo de este mundo antes de vivir en aquél otro. Pero igual, sólo me iré de vacaciones, y cuando regrese, te regalaré una piedra lunar, la más plateada de todo el universo… ¡Ja! Ni Julio Verne la hubiese imaginado… pero ya, andá a dormir, que es muy tarde y mañana tenés que ir a la escuela.
Nos despedimos y me fui corriendo por las escaleras. Desde mi cama, seguí mirando la luna, hasta caerme de sueño.
Cuando desperté eran como las doce y pico, demasiado tarde para ir a la escuela. Mamá se me acercó y me dijo:
- Cambiate rápido, así nomás, que ya nos vamos.
Me vestí desordenadamente y bajé corriendo. Me extrañó ver la radio apagada y la ausencia de mi abuelo.
- ¿A dónde vamos? ¿Dónde está el abuelo?- le pregunté.
Pero no me escuchó.
Apagó las luces, cerró todo y me llevó al asiento trasero del auto.
Pasamos todo el viaje en absoluto silencio. Ni siquiera nos miramos. Mamá tenía su mirada fija en el camino, y cuando parecía estar por llorar, encendió la radio.
De repente detuvo el auto, y me llevó a un edificio grande y blanquecino. Había mucha gente, adultos y ancianos en su mayoría, todos en la espera de algo, con su aspecto tan desordenado y serio como Mamá.
Me llevó tirando de la mano hasta encontrarme con Papá, quien también se veía bastante preocupado. Luego, se nos acercó un señor canoso, con delantal blanco y una extraña herramienta colgada de su cuello. Charló con mis padres en un lenguaje complicado, del que apenas capté palabras como “pulmones”, “respirar”, “operación”, “riesgo”…
Comprendí que al abuelo lo iban a operar de los pulmones. “¡Pero claro!”, pensé, “En la luna, el aire debe ser distinto, y nuestros pulmones son muy débiles para respirar ese nuevo aire. Esos científicos, con sus herramientas más avanzadas, van a transformar sus órganos para que se adapten a la luna. ¡Viejo creído! Sus herramientas estaban muy viejas para poder usarlas, y la casa era muy chica… ¡Seguro que en este gran edificio le estarán construyendo una nave espacial!”
Sonreí, pero mis padres permanecían tristes y callados, esperando a mi abuelo. Nos quedamos en silencio. De a ratos, Mamá se distraía leyendo una revista y enseñándome a leer. En el pasillo pasaban abuelos de otras familias, sentados en sillas de ruedas o recostados en sus camillas. “¡Cuánta gente cansada de trabajar!”…
Luego de una larga espera, ya en plena noche, el científico canoso se nos acercó, y se llevó a Papá por el pasillo, para hablar en secreto.
Cuando Papá regresó, seguía estando triste. Nos fuimos los tres hacia la entrada, abrazados. Apenas salimos, Mamá ya estaba llorando, y a Papá, que nunca lo vi llorar, se le escapó una lágrima.
- Papá… ¿Por qué llorás? ¿Qué pasó con el abuelo?
Pero sus lágrimas no dejaban de caer. Se secó los ojos y me respondió:
- Se fue… se fue al cielo.
Y los tres nos abrazamos fuertemente, levantando nuestras miradas hasta el cielo. La luna se asomó entre las nubes, siempre brillante y misteriosa.
”¡Ah! La luna es tan lejana, y tan hermosa… ¡Viejo vagoneta!... Será por eso que nunca quiso volver…”
- Y… eh… es que estoy cansado, cansado de trabajar… trabajar es aburridísimo, ¿no?
Me respondió, mirándome con su rostro arrugado y sonriente. “¡Con razón!”, pensé, “Después de tantas horas de trabajo por día, durante tantos días, meses, años y más años, iba a llegar un momento en que se cansaría de hacer siempre lo mismo; y éste era un buen momento para descansar tooodo lo que trabajó, y dedicarse a cosas más importantes, como escuchar la radio, comer y ser feliz.”.
Mi abuelo miró el techo y masculló palabras cortas, hablando consigo mismo.
- … es aburridísimo… por eso, cuando crezcas, tratá de vivir de lo que te guste. ¿Vos qué vas a ser cuando seas grande?
- ¡Profesor y caricaturista!- respondí con entusiasmo.
- ¡Jaja! ¡Claro que lo serás! ¡Ése es mi nieto!- y me despeinó con su mano temblorosa- Ése es mi nieto…
y volvió a recostarse sobre su almohada, mirando el techo con sus ojos lacrimosos.
Me tomó la mano levemente.
- Mirá, que dormir todo el tiempo también es aburrido. Pero no va a ser siempre así, nomás por unas semanas, hasta que recupere todas mis energías. Un día de éstos me voy a levantar, y me iré de vacaciones… viajaré a… a…
Soltó mi mano, y estiró su brazo para levantar la persiana. Señalaba en lo alto del cielo.
- ¡Allá! ¡A la luna!… ya me viste trabajando en la carpintería, y también cómo arreglé el televisor, el lavarropas… bueno, herramientas no me faltan, y la cabeza tampoco: ¿Por qué no podría construir una hermosa Nave Espacial?...
Contemplábamos cómo la luna se asomaba entre las nubes, brillante y misteriosa. Mi abuelo empezó a contarme historias fantásticas, de marcianos, de ciudades ultramodernas, bosques de hojas plateadas y mamíferos de siete patas.
- … pero todavía no te podré llevar allá: sos muy chiquito, y tendrás que aprender muchísimo de este mundo antes de vivir en aquél otro. Pero igual, sólo me iré de vacaciones, y cuando regrese, te regalaré una piedra lunar, la más plateada de todo el universo… ¡Ja! Ni Julio Verne la hubiese imaginado… pero ya, andá a dormir, que es muy tarde y mañana tenés que ir a la escuela.
Nos despedimos y me fui corriendo por las escaleras. Desde mi cama, seguí mirando la luna, hasta caerme de sueño.
Cuando desperté eran como las doce y pico, demasiado tarde para ir a la escuela. Mamá se me acercó y me dijo:
- Cambiate rápido, así nomás, que ya nos vamos.
Me vestí desordenadamente y bajé corriendo. Me extrañó ver la radio apagada y la ausencia de mi abuelo.
- ¿A dónde vamos? ¿Dónde está el abuelo?- le pregunté.
Pero no me escuchó.
Apagó las luces, cerró todo y me llevó al asiento trasero del auto.
Pasamos todo el viaje en absoluto silencio. Ni siquiera nos miramos. Mamá tenía su mirada fija en el camino, y cuando parecía estar por llorar, encendió la radio.
De repente detuvo el auto, y me llevó a un edificio grande y blanquecino. Había mucha gente, adultos y ancianos en su mayoría, todos en la espera de algo, con su aspecto tan desordenado y serio como Mamá.
Me llevó tirando de la mano hasta encontrarme con Papá, quien también se veía bastante preocupado. Luego, se nos acercó un señor canoso, con delantal blanco y una extraña herramienta colgada de su cuello. Charló con mis padres en un lenguaje complicado, del que apenas capté palabras como “pulmones”, “respirar”, “operación”, “riesgo”…
Comprendí que al abuelo lo iban a operar de los pulmones. “¡Pero claro!”, pensé, “En la luna, el aire debe ser distinto, y nuestros pulmones son muy débiles para respirar ese nuevo aire. Esos científicos, con sus herramientas más avanzadas, van a transformar sus órganos para que se adapten a la luna. ¡Viejo creído! Sus herramientas estaban muy viejas para poder usarlas, y la casa era muy chica… ¡Seguro que en este gran edificio le estarán construyendo una nave espacial!”
Sonreí, pero mis padres permanecían tristes y callados, esperando a mi abuelo. Nos quedamos en silencio. De a ratos, Mamá se distraía leyendo una revista y enseñándome a leer. En el pasillo pasaban abuelos de otras familias, sentados en sillas de ruedas o recostados en sus camillas. “¡Cuánta gente cansada de trabajar!”…
Luego de una larga espera, ya en plena noche, el científico canoso se nos acercó, y se llevó a Papá por el pasillo, para hablar en secreto.
Cuando Papá regresó, seguía estando triste. Nos fuimos los tres hacia la entrada, abrazados. Apenas salimos, Mamá ya estaba llorando, y a Papá, que nunca lo vi llorar, se le escapó una lágrima.
- Papá… ¿Por qué llorás? ¿Qué pasó con el abuelo?
Pero sus lágrimas no dejaban de caer. Se secó los ojos y me respondió:
- Se fue… se fue al cielo.
Y los tres nos abrazamos fuertemente, levantando nuestras miradas hasta el cielo. La luna se asomó entre las nubes, siempre brillante y misteriosa.
”¡Ah! La luna es tan lejana, y tan hermosa… ¡Viejo vagoneta!... Será por eso que nunca quiso volver…”
Aguaceros
Huérfana del cielo
colgada de una rama,
caerá, en un suspiro,
sobre la tierra mojada.
Caerá del largo sueño
como un pájaro sin alas,
en un canto diminuto
donde la tierra calla.
En el asedio del bosque
llueven sombras del mañana:
murmuran, gritan, muerden
sin dejar ni una palabra.
Entre las hojas, pasa el ruido
de las gotas. Callan.
Caerá este domingo
otra lágrima del alba.
colgada de una rama,
caerá, en un suspiro,
sobre la tierra mojada.
Caerá del largo sueño
como un pájaro sin alas,
en un canto diminuto
donde la tierra calla.
En el asedio del bosque
llueven sombras del mañana:
murmuran, gritan, muerden
sin dejar ni una palabra.
Entre las hojas, pasa el ruido
de las gotas. Callan.
Caerá este domingo
otra lágrima del alba.
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